A mi apócrifo amor

Sea esta noche testigo de mis últimas palabras, y confesión. Quedarán registradas en las arenas del tiempo y de este espacio que solemos llamar virtual.

Recurro a la sabiduría de las letras para trasmitir mi mensaje con la esperanza de que algún día sean tus ojos, y nos los ajenos, quienes tengan ascendencia sobre ellas. Hoy me siento aquí, para tratar de expiar mis culpas y quizás así, hacerte entender por qué fuiste tú, entre tantos, a quien escogió mi corazón.
De entre todos los mortales, entre amigos y conocidos, tú sembraste una inquietud. No sé, qué o cuál momento fue el exacto que transformo una pícara amistad, es un sentimiento más profundo y peligroso. Mi memoria no es tan buena como solía ser, y los tantos grandiosos detalles se me escurren como agua entre las manos. Tal vez hayan sido esas fantásticas charlas musicales, o quizás, las disertaciones filosóficas que nos hacían estar al teléfono por horas, tratando de componer este caótico mundo. Probablemente podamos atribuirlos a esos momentos en los que nos confesamos, que nos entendimos como humanos imperfectos, y vertimos, el uno en el otro, las esperanzas de llenar los vacíos creados en el cotidiano.

Puedo asegurarte sin embargo, que no me llevo a ti la soledad, o la desesperación, no puedo decir eso, mi vida tenía una rutina justa y maravillosamente equilibrada, a través de la cual fluían pacíficamente mis días. El amor, ese escurridizo sentimiento, no me era familiar, no lo anhelaba ni esperaba, y por tal motivo no tenía mayor trascendencia en mí. Podríamos culpar al destino o una fuerza mayor que nos condujo a encontrarnos en esa esquina de la posibilidad, no lo sé, y no me atrevo a hacer cábalas con ello, de todas formas no vale la pena culpar a nada o nadie por los simples avatares del destino.

La realidad es que conjugamos tantas similitudes que era imposible no turbarse o al menos alegrarse por tanto en común, era demasiado perfecto para hacerle caso omiso, sería absurdo negar, a estas alturas, que nuestras analogías nos acercaron, y que los temores, errores e impaciencias nos alejaron y malograron, si es que en algún momento tuvimos una oportunidad. ¡Y ni hablar de la maldita distancia!, esos grados de separación, terminaron por aburrirnos, causaron cansancio a las ilusiones, y mataron de un infarto a la confianza.

Hoy sólo puedo guardar recuerdos, atesorarlos como gratos momentos. Esas horas pasadas contigo, en las que me revelé y di rienda suelta a mis emociones, fueron la confirmación de algo que en mí, ya se hacía imposible esconder, la profundidad de lo que yo por ti sentía. ¿Cómo hacer para ignorar la felicidad que me embargó cuando saciaste la curiosidad y el hambre que tenía de tus labios?, o aquél en el que me aferre a tus brazos para que no se esfumara el calor, justo antes de que el navío me retornara al puerto, momento que sellé con mi lágrimas y el “te amo” que surgió atrevido desde mis entrañas y salió sin permiso de mi boca. Me queda tan sólo llevarte como fortuita circunstancia y evocación de los pocos instantes de felicidad que tenemos en la vida.

No negaré que a diario esas reminiscencias me agobian, y me hacen preguntarme qué hubiese pasado de haber hecho las cosas distintas, si quizás estábamos destinados a estar juntos, o si sólo fuiste una simple vislumbre de lo que en el futuro sentiré, junto a alguien que me corresponda en plenitud.

Sí, suelo entristecerme, no te mentiré, ¿quién no lo haría?, me mueve una certeza de que lo nuestro tenía un cariz de aventura interminable de sorpresas, un intercambio gozoso de conocimientos, y la consumación de pasiones y ganas de verter en la piel las soledades y anhelos. Sin embargo, volver sobre lo andado es tarea de necios, lo que no ha sido, difícilmente podrá ser alguna vez, es algo que ambos comprendimos en su momento. Por eso ahora me motivo a plasmar por última vez mis impresiones, para cerrar y hacer cuenta nueva de esta historia, te llevaré siempre como amorosa reminiscencia, tal cual un recuerdo de la niñez.

Me dedicaré a cultivarme de ahora en adelante, a convertirme en lo que siempre he querido ser, gozaré con la certeza de saberte parte de mí. Si alguna vez la vida vuelve a juntarnos, mi cariño estará intacto, y será mi abrazo fiel reflejo de la alegría que me embargará por tener de nuevo el placer de coincidir contigo.

Por último, quiero elevar mi deseo que ambos seamos triunfadores, y que el amor ya no se haga una escurridizo espejismo, sino una tangible realidad, nos merecemos ser inmensamente felices, que así sea entonces.

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